
Hace algunos años probé un excelente champagne que llevaba su nombre en la etiqueta y los busqué hasta dar con ellos en el mar de internet. Página recomendable por cierto.
Por otro lado, como comenté en alguna ocasión, admiro profundamente al General José de San Martín; su gesta, su personalidad, su ideal, su cotidianeidad.
Oh! Maravilla tecnológica del hipertexto; encuentro esta nota que combina estos dos gustos míos y decido compartirla con mi tercera debilidad: mis lecbloguers (mucho posesivo hoy, espero que se me perdone).
Que disfruten la crónica!
"La mesa del General
En
esta recopilación de grandes autores encontrarán algunas anécdotas
relacionadas con el comer y beber del General José de San Martín quien,
entre muchos quehaceres, se dedicó a fomentar la industria vitivinícola.
Manuel Alejandro Pueyrredón joven oficial que estuvo con San Martín,
recuerda que el general comía solo en su cuarto, a las doce del día, un
puchero sencillo, un asado, con vino de Burdeos y un poco de dulce. Lo
hacía en una pequeña mesa, sentado en una silla baja y “no usaba sino un
solo cubierto”. Después del frugal almuerzo dormía unas dos horas de
siesta. A las tres de la tarde asistía a la mesa de los oficiales, que
presidía, pero solo a conversar. Según Tomás Guido muchas veces el
general entraba a la cocina y le pedía al cocinero lo que le parecía más
apetitoso. A pesar de su sencillez en la comida, la mesa de sus
oficiales era preparada “por reposteros de primera clase, dirigidos por
el famoso Truche de gastronómica memoria”. Todos los contemporáneos
opinan que el Libertador era en extremo frugal a causa de sus problemas
digestivos.
Momentos antes de la batalla de Maipú, el Libertador recibió en su
tienda de campaña a un agente del gobierno norteamericano Mr.
Worthington, quien remitió a su ministro un detallado informe sobre la
personalidad de San Martín: “sobrio en el comer y beber; quizás esto
último lo considere necesario para conservar su salud, especialmente la
sobriedad en el beber”. Días después, el diplomático asistió a la
colocación de la piedra fundamental de la iglesia que se iba a levantar
en los llanos de Maipú, y compartió un almuerzo campestre con San
Martín, O’Higgins u otros oficiales: “Los encontré comiendo sin platos, y
casi todos con una pierna de pavo en una mano y con un trozo de pan en
la otra. Enseguida me invitaron a participar de la comida. San Martín,
levantándose me ofreció un trozo de pan y otro de pavo, que tenía ante
él. Brindé con el Director, bebiendo hasta la última gota de un vaso de
vino carlón, a la usanza soldadesca”.
La comida fue uno de los principales problemas en el cruce de los Andes y
San Martín encontró la solución en una comida popular típica de Cuyo:
el "charquicán". Se trataba de un alimento basado en carne secada al
sol, tostada y molida, condimentada con grasa y ají picante. Prensado
era fácil de transportar y se preparaba agregándole agua caliente y
harina de maíz.
Conocimiento enófilo
Según testimonios de sus contemporáneos, el general era un gran
conocedor de vinos y se complacía en hacer comparaciones entre los
diferentes vinos de Europa, pero particularmente de los de España, que
nombraba uno por uno, describiendo sus diferencias, los lugares en que
se producían y la calidad de terrenos en que se cultivaban las viñas.
Estas conversaciones, las promovía especialmente cuando había algún
vecino de Mendoza o San Juan.
Cuando San Martín pasó a Chile dejó en su chacra cincuenta botellas de
vino moscatel que le había regalado el vecino don José Godoy. Corría el
año 1823 y en su última visita a Mendoza, ya había olvidado aquella
reserva, pero su administrador Pedro Advíncula Moyano le trajo unas
cuantas botellas. Inmediatamente le dijo que esa noche iba a recibir a
unos amigos y le aclaró: “Usted verá lo que somos los americanos, que en
todo damos preferencia al extranjero”. Para demostrar que estaba en lo
cierto, tomó las etiquetas del moscatel y se las puso a un vino de
Málaga. Asimismo, etiquetó el vino de cuyo como si fuese español.
Primero sirvió el Málaga con el rótulo de Mendoza. Los convidados
dijeron que era un rico vino pero que le faltaba fragancia. Enseguida se
llenaron nuevas copas con el falso Málaga, al momento los invitados
prorrumpieron en exclamaciones. “Hay una inmensa diferencia, esto es
exquisito, no hay punto de comparación”. San Martín con una gran risa,
les dijo “Uds. Son unos pillos que se alucinan con el timbre”.
Una anécdota más que pinta su ingenio. Después de la conferencia de
Guayaquil se preparó una mesa con gran suntuosidad. Los brindis los
inició Bolívar quien parándose con la copa en la mano e invitando a que
lo acompañaran los concurrentes dijo: “Brindo por los dos hombres más
grandes de la América del Sur, San Martín y Yo”. A continuación el
Libertador contestó con su proverbial modestia. “Por la pronta
terminación de la guerra, por la organización de las nuevas repúblicas
del continente americano y por la salud del Libertador”. (Fuente: www.enófilos.com.ar)
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