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20 de diciembre de 2011

Fenómenos transicionales.

La leí en página 12. Me gustó mucho. La comparto.
Memé
 


Agujerito en el zócalo

Por Daniel Ripesi
A Malena
Iban a mudarse y estaban felices. Habían encontrado una casa más amplia, que hasta tenía un pequeño jardín donde María, de cinco años, podría jugar al aire libre. Sin embargo, la niña estaba triste y bastante enojada con el cambio. Se le explicaban las enormes ventajas del nuevo lugar; se intentó tranquilizarla diciéndole que la compradora de la casa que dejaban estaba muy de acuerdo en que ella volviese cuando quisiera. Pero además ella se iba a llevar todas sus cosas, los juguetes, los adornos de su pieza, en fin, no iba a dejar nada. Pero María, indignada y acongojada, le contestó a su madre: “Es que no me puedo llevar el piso...”.
La niña no podía resignar ese territorio, para ella vastísimo e íntimo: el agujerito en el zócalo por donde entraban y salían miles y miles de hormigas, que a veces ella contrariaba poniendo obstáculos en su camino; los diversos (ínfimos, para una mirada desatenta) desniveles de las baldosas, distribuidas como terrazas escalonadas de un palacio, la mancha oscura en el parquet del living (de la que tanto se lamentaba mamá) que recortaba el espacio reducido de una laguna en la que los viajeros cansados se refrescaban antes de partir nuevamente hacia tierras extrañas (aunque otras veces esa misma mancha en una isla perdida, y entonces todo el piso de parquet era un mar).
En fin, cómo abandonar todo ese territorio existencial: esa mancha del living que se ajustaba a la medida exacta de su pequeño pie (pero que condensaba un millón de mundos posibles), el piso del baño que dibujaba un complicado laberinto que sólo ella podía descifrar, y en ese laberinto que cada vez cambiaba sus trampas y donde sin previo aviso cambiaba de lugar la salida, en ese laberinto mágico siempre había algún insecto desorientado al que ella tenía que ayudar.
Piso rascado, de a ínfimos fragmentos, con tanto esmero y pasión, por el dedito de su mano inquieta, desde cuando todavía había que apuntalarla con almohadones para mantenerla sentadita, piso babeado con generosidad cuando se lanzó, en errático gateo, a la exploración de sus confines, y, más tarde, puesto a temeraria distancia de sus manitos cuando se animó a dar los primeros pasos.
En el principio, ese piso fue para ella pura vastedad sin relieve, sin referencias, casi sin horizonte. Luego, poco a poco, la niña se fue atreviendo a unos pocos gestos mínimos de exploración que empezaron a construir (más que a “reconocer”) relieves y texturas, planicies y elevaciones: “lugares”. Lo que Donald Winnicott llama “gesto espontáneo” es un primer movimiento inmeditado del bebé que se aventura hacia lo extraño y ajeno para inaugurar allí mundos más o menos hospitalarios.
Para empezar, el bebé conquista el mundo escueto y seguro de “unos brazos que sostienen”. Más tarde –dice Winnicott–, el mundo sólo tiene sentido para un sujeto si se ofrece como una prolongación del “patio de atrás”. Los brazos de la madre son la carne de esa dilatada metáfora que llamamos mundo; desde esos brazos se atisba lo que pasa más allá. Y así se dan los primeros pasos, justamente hacia ese más allá que los cuidados maternos (si no son excesivos o inexistentes) trasforman en un territorio de juego. Si se cae de ese espacio de juego –que Winnicott llama “campo de fenómenos transicionales”–, nada y todo, demasiado y demasiado poco: el sinsentido. En ese campo de fenómenos transicionales, el absurdo no lleva al desencanto, la ilusión no lleva a la manía. Es un lugar construido para agasajar, un reparo donde –si fuera necesario– esconderse, donde mostrar sin exponerse excesivamente. Lugar de tránsito, de llegadas y partidas.
Pero a veces, laberinto, hábitat sin techo, campo minado. A menudo refugio infranqueable. Tiene sus sectores blandos, cenagosos, públicos y privados, lugar de estar, de descanso, con alero, con galería en el frente, de mosaicos frescos para recostarse un ratito en verano, y observar atento la marcha ordenada de las hormigas.
J.-B. Pontalis nos dice: “El instante necesita de un lugar para no desvanecerse del todo”. Me gusta esta idea porque, quizá, cada uno de nosotros no sea otra cosa que un inesperado instante o una serie de diversos instantes aislados (que hilvanamos ilusoriamente para darnos la sensación de poseer una historia), fogonazos o estallidos efímeros de pasión y deseo que necesitan de un piso firme donde afirmarse para dar lugar a una vida.
* Psicoanalista.
(Fuente: Pàgina12)
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19 de diciembre de 2011

FLORES COMESTIBLES


 

La cocina evoluciona y con ella, nuevas influencias e ingredientes emergen para acompañarla. Dentro de ese gran abanico, las flores se llevan el protagonismo.
Aunque su uso en la gastronomía pareciera una novedad, históricamente los Egipcios, Romanos y Árabes han utilizado flores para darle color, sabor y un aroma diferente a sus banquetes. Rosas, Caléndulas y Violetas eran utilizadas para saborizar licores, salsas, ensaladas y pasteles.
A través del paso del tiempo, esa costumbre se hizo tendencia y actualmente hoteles internacionales y restaurantes de categoría las usan para otorgarle distinción a sus preparaciones. Allí, los comensales pueden disfrutar de ensaladas, postres y hasta pizzas acompañadas con flores que jamás imaginaron degustar.
Entre las que más se consumen se encuentran la Capuchina: que por su sabor picante y dulzón, es recomendable en ensalada; la Rosa: generalmente se usa en repostería, para hacer almíbares y confituras; los Pensamientos: flor diurética que se utiliza en ensaladas y postres; Caléndula: también en ensaladas, crepes, pero principalmente como colorante sustituyendo al azafrán en el arroz, sopa, pescados; y la Borraja: que por su sabor parecido al pepino, es usada en ensaladas.
Para decorar, Claveles, Violetas, Crisantemos, Geranios, Lavanda, Fresias, Rosas, Azucenas y Madreselva son las ideales ya que su color y variedad en las formas hacen que los platos sean atractivos y originales.
Para poder consumir flores, es necesario tener en cuenta los siguientes tips:
- No deben ser cultivadas con fertilizantes ni plaguicidas, sólo de manera orgánica.
- Únicamente se utilizan los pétalos, dejando de lado los pistilos, estambres y sépalos, ya que poseen sabor amargo.
- Evitar flores cerradas, ya que serán más amargas.
- Es recomendable lavarlas con agua fresca para que no pierdan el color y secarlas suavemente con una servilleta de papel para evitar que se rompan. Se pueden guardar en la heladera en agua por unos días, hasta su consumo.
 A continuación, algunas de las flores que se están promoviendo como comestibles y sus características de color y sabor:
Manzana (Malus spp. Su color Rosa pálido Floral Y su sabor suave
Begonia (Begonia x tuberhybrida) Su color Rojo, amarillo, naranja y rosado Y su sabor Acido, parecido al limón.
Borraja (Borage officinalis)Su color Lila azulado Y su sabor Similar al pepino
Caléndula (alendula officinalis)Su color Amarillo, naranja Y su sabor Picante
Clavel Dianthus: Su color Lila Y su sabor Similar a la cebolla
Crisantemo (Crysanthemum spp). Su color Amarillo, blanco Y su sabor Amargo, suave a fuerte
Margarita (Bellis perennis) Su color Blanco, pastel Y su sabor Agridulce
Hinojo (Foeniculum vulgare) Su color Amarilla Dulce
Fucsia (Fuschia x hybrida) Y su sabor Variados Acido
Geranio (Pelargonium spp). Su color Rojo, rosado, durazno, blanco Y su sabor Depende de la variedad
Malva (Athea rosea) Su color Rosado, rojo, blanco, lila Suave
Lila (Syringa vulgaris) Su color Lila Y su sabor Acido, floral pungente
Capuchina (Tropaeolum majus) Su color Rojo, naranja, amarillo Y su sabor A pimienta
Pensamiento (Viola x wittrockiana) Su color Morado, blanco, amarillo Y su sabor Dulce a agridulce.
A esta lista hay que agregar rosas de coloración variada y con un sabor que va del dulce a algo picante, se utilizan tanto en comidas dulces como saladas, es muy conocido el dulce de rosas mosquetas; violetas, de color violeta y con un sabor algo dulce, ya fueron utilizadas hace muchos años por pasteleros franceses creando unos caramelos de violetas confitadas que suelen venderse en pequeños envases de lata o vidrio, algunas chocolaterías tienen unos bombones con rosas o violetas confitadas por encima.

Las flores de zapallo, calabacín, tan utilizadas en la cocina italiana ya sean rellenas o simplemente fritas en buñuelos, también conocidas en la cocina mexicana para las quesadillas.
Las flores de lavanda que se utilizan tanto para perfumar y quedan deliciosas en cremas y ensaladas, con un color celeste pálido y un sabor algo picante.
Las flores de hierbas aromáticas como el romero, de color azul, la de albahaca de color blanco.
El ibiscus, rosa china, de color rojo, amarillo o blanco, de un sabor algo dulce y que se presta mucho para ensaladas.
No solo el arte culinario profesional puede crear menúes más atractivos utilizando flores. Todos podemos hacerlo, sólo es cuestión de animarse.________________________________________
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JUANA LARRANA EN EL DIVÁN

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