
Esta es la pequeña historia de un grupo de maestras rurales, oriundas de la localidad de Tukmundaipey; un pueblito perdido en el noroeste argentino. Nacidas allí, y descendientes directas de aborígenes; recibieron refugio en una escuela de la Ciudad de Buenos Aires, tras haber sido su pueblo y precaria escuela arrasados por una plaga de langostas.
Llegaron con hipotermia, un estado de bajo peso que rayaba la desnutrición (tal como muestra la imagen) y síndrome de shock post-traumático. Afortunadamente se encuentran ahora estabilizadas y fuera de peligro.
Se han planteado como objetivo la reconstrucción del pueblo perdido, fundamentalmente la escuelita (de barro y paja, mucha paja) en la cual residían. También sueñan con tener alumnos ya que, en los tantísimos años que llevan ejerciendo su "apostolado", nunca han tenido uno y se enseñan entre ellas "para no perder el oficio, vio?", comenta la mayor de ellas Aguapehí Fortunato; Directora a punto de jubilarse.
Conmueve enterarse que jamás, jamás, han visto nada que se parezca a una ciudad. Sólo se movieron en su pueblo que consta de 3 manzanas, en las que hay una iglesia que nunca tuvo cura y un cementerio (en el que sólo han enterrado dos caballos y una mulita).
¡Qué sorpresa la de estas maravillosas mujeres al conocer la ciudad! Y aquí, amigos lectores, un tema actual: la resiliencia; esta capacidad de recuperación desde las entrañas de la adversidad con que las dotó la naturaleza aborigen. Bastaron unas horas recorriendo el centro porteño para que nuestras maestras comenzaran a recaudar fondos a granel. "Todo fin es válido m' hijita pa volver a tener la escuelita" nos dice Chinaguéy Vacaro mientras ingresa con un cliente, para alfabetizarlo, en hotel donde se alojan.
Continuaremos con esta historia en una próxima entrega.