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18 de septiembre de 2010

EL CLAVO DE CRISTO. (Tomado de Página12)

El clavo de Cristo

 Por Pablo Bonaparte *
Cuenta la leyenda que entre las muchas organizaciones secretas que competían por poseer objetos de Jesús, una muy chiquita y humilde se atribuía el guardar uno de los clavos que sujetaron su carne al madero de la cruz. El celo y el temor a perder tan valiosa pertenencia en manos de sectas más importantes y codiciosas llevaron a esta organización a alejarlo de los centros de poder. Por eso terminó en una estancia jesuita del Virreinato del Río de la Plata. Eran tan pocos los que sabían de su presencia que una vuelta del destino llevó a que se perdiera su existencia. El clavo se habrá usado para alguna tarea profana, como colgar un cuadro o hacer un mueble, o quedó guardado con honores en algún sitio escondido. Si después se lo encontró dentro de una preciosa caja y sus descubridores, antes de presuponer el valor del clavo, presupusieron la insania de quien guardara algo tan pedestre en tan hermoso recipiente, es algo que no podremos saber nunca. Da lo mismo entonces si quedó tirado en el campo, clavado en la madera o alimentando con hierro a las gardenias de la mujer del casero.
Si esto pasó con un clavo de Cristo... ¿Quién puede asegurar que no pasó con otros objetos suyos? Quizás otras pequeñas organizaciones secretas supusieron también que aquel lejano virreinato era un lugar lo suficientemente escondido como para traer sus reliquias... y terminaron todas perdidas. Así, sus sandalias bien pudieron ser utilizadas por un pastor de las sierras que las recompuso para sus pies, o los pedazos de la cruz hechos ceniza por un fuego que, además de rescatar del frío a dos hermanos en un crudo invierno, secó también el blanco pañuelo con el cual María enjugó sus lágrimas eternas, y al que otra madre mucho tiempo después le bordó delicadamente un nombre y una puntilla.
Habría que explicar por qué de tantas ninguna reliquia pudo ser reconocida. Quizás la respuesta radica en que habían llegado al centro geográfico de un país muy especial. Por dar un ejemplo, los primeros humanos que tocaron su territorio murieron en el olvido, eran nómades que hicieron suyo el último rincón del paraíso, para terminar bajo el cuchillo preciso de estancieros extranjeros... y es, sin duda, el mismo país que se hizo famoso en el mundo por la desaparición de personas. Cayeron entonces las reliquias, sin saberlo, en tierras donde señores que saciaban sus deseos inconfesos de avaricia y egoísmo estaban obligados a instalar el olvido, resignificando permanentemente la realidad para que los pueblos olviden su patria prometida.
Quizás ¿por qué no?, todas esas sociedades secretas estaban cumpliendo sin saberlo una orden divina de testimoniar a este país su existencia. Quién sabe entonces si el Señor no intentó volver fracasando en su intento cuando sus padres fueron cambiados por otros. Cuántos apóstoles, que no sabían que lo eran, clavaron hasta los huesos electrodos a sus mesías sin saberlo y cuántos evangelios escritos por presos desaparecieron a medida que se descascaraban las paredes de la cárcel. Cuántas nuevas cruces fueron utilizadas y sus clavos perdidos después... eso ya no lo podremos saber.
Hace pocos días, en una tranquila tarde, en la que fue la vieja estancia jesuita se realizaban unas jornadas para la salvaguarda del patrimonio cultural. Dos investigadores caminaban por el parque intercambiando opiniones. Uno de ellos levantó algo del suelo y le dijo al otro “todo patrimonio material es en verdad inmaterial, por ejemplo, este viejo clavo que encontré semienterrado no tiene valor, sin embargo si fuera uno de los clavos que crucificaron a Cristo, su valor sería incalculable”. El otro, asintiendo, le respondió: “Entiendo tu punto de vista pero, a decir verdad, si fuera uno de los clavos de Cristo... no estaría acá”.
* Antropólogo, titular del Mercado Nacional de Artesanías Tradicionales Argentinas (Matra).
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