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10 de diciembre de 2011

ISABEL ALLENDE "EL CUADERNO DE MAYA"

Escribe sin tapujos para sus nietos
 
Isabel Allende, como buena abuela, concede a sus nietos todo lo que le piden y éstos le reclamaron una novela que les interesara. Así que escribió “El cuaderno de Maya” (Plaza & Janés), el viaje hacia la madurez de una joven norteamericana de 19 años que huye del FBI y de su adicción a las drogas. texto BEGOÑA PIÑA foto LORI BARRA
La escritora en lengua española más leída del mundo está de año sabático. A punto de cumplir los 69, con tres decenios de publicaciones a sus espaldas, cientos de viajes de promoción, una fundación –de ayuda a mujeres inmigrantes y refugiadas– que financiar y una familia numerosa alrededor a la que mantener, está cansada. “Es el primer año sabático que me tomo en mi vida –dice, paradójicamente, en medio de un viaje para presentar su nueva novela, El cuaderno de Maya–. Estoy cansada y quería ocuparme de mi cuerpo, que lo tenía muy descuidado, y de mi alma, porque todo era la cabeza. El 8 de enero empezó mi año de descanso, pero mi marido enfermó y se fue todo al diablo. Luego enfermó mi padrastro y he tenido que ir varias veces a Chile a verlo y el viaje son veintidós horas. Así que he tenido sólo algo de tiempo para ocuparme del alma, pero no como quería. Yo quería llegar a un vacío interior a ver qué pasaba, a ver si luego tenía inspiración o no. Y ahora no tengo idea de lo que va a pasar el próximo año”. No sabe si romperá su propia promesa y volverá o no a escribir, aunque hay dos circunstancias que la empujan casi ineludiblemente en esa dirección. Una: “No sé hacer otra cosa en la vida. Bueno, sí, collares, pero con eso…”. Y dos: “Sé que voy a tener que volver a escribir porque si no volveré locos a los que viven conmigo, tengo demasiada energía”.
Un ímpetu excesivo que agota incluso a los adolescentes que viven a su alrededor, en total siete –“aunque sólo tres son nietos biológicos”–, con los que, reconoce abiertamente, es “mandona, una intrusa, opino de todo, los mimo a espaldas de sus padres y no soy coherente en mi actitud con ellos”. Un día, recuerda, “Andrea tenía 4 años y se quitaba todo el rato el cinturón de seguridad en el coche. Paré cuatro veces para volver a ponérselo, todo paciencia y cariño, y a la quinta, me bajé y le di un cachetazo. Me dijo, ¡con 4 años!, que me iba a denunciar a la policía. Allí, en Estados Unidos, me hubieran llevado a la cárcel. Por suerte no lo hizo. Yo a mis nietos les habló clarísimo, de todo, de drogas, de sexo, de plata…”.
Y son precisamente ellos lo que provocaron el nacimiento de este libro, del que ahora esperan la traducción al inglés para leerlo. “Me dijeron: ‘Escribe algo que nos interese’. Además, hay un chico joven en la agencia de Carmen Balcells, Jorge Manzanilla, que me corrige los textos, porque yo vivo en inglés y con Willy [su marido, el escritor William Gordon], que cree que habla español… Manzanilla me quita todos los willismos. Él también me dijo, la última vez, conversando, que escribiera algo para él”.
Dos figuras paternas
Un nuevo desafío para la escritora, que tendría que encontrar la voz apropiada para una chica norteamericana de 19 años que narra esta historia en primera persona y a través de unos cuadernos que escribe. La abuela del personaje, Nini, trabajadora en una biblioteca, envía a la chica a una isla de Chiloé para que remate su desintoxicación total de las drogas y escape del FBI, que la persigue.
El cuaderno de Maya no es, sin embargo, una novela sobre las drogas; es un relato del crecimiento de esta mujer, “un pedacito corto de un viaje que hace al crecer. Y, cuando deja de ser adolescente y empieza a ser persona, es cuando empieza a dar”, dice Isabel Allende, que, rodeada como está de jóvenes, se lanza con decisión a retratar con contundencia a esa juventud de hoy. “Lo que veo todo el rato a mi alrededor es ‘yo, yo, yo’. No se les ocurre que tienen que devolver nada, ni a sus padres ni a la familia ni a la sociedad. Cuando creces es cuando te das cuenta de que perteneces a una comunidad y ahí, en la edad adulta, es cuando comienza el proceso de dar”.
Allende envía a su personaje a una isla, porque su vida tras la muerte de su abuelo Popo ha sido un infierno de drogas y delincuencia, y allí podrá, deberá, renacer. En Chiloé estará al cuidado de un amigo de su abuela, Manuel. Ambos hombres, el abuelo muerto y el que la acoge en su casa, son figuras masculinas con referencias clarísimas en la biografía de la escritora. “Yo no tuve papá. Abandonó a mi madre cuando yo tenía 3 años. No tengo ni fotos de él. Mi madre, con tres hijos, y yo era la mayor, se fue a casa de sus padres. Mi abuela murió y mi abuelo, que era un hombre con un gran corazón pero muy severo, de la escuela del rigor, se vistió de negro, incluso pintó los muebles de negro. En esa casa no había flores, ni música, ni siquiera radio. Él me marcó psicológicamente para siempre. En mis libros, el papá siempre está ausente o muerto, pero siempre hay un sustituto, un hombre mayor. Creo que es un homenaje inconsciente a dos personas. A ese abuelo, que hubiera querido que fuera más como el Popo, y a mi padrastro”. Éste, que ha vivido más de medio siglo con su madre, apareció en la vida de la escritora cuando tenía 10 años. “Los primeros años le odiaba, pero me ganó con su corazón, con su ternura, él hizo de padre. Hoy tiene 95 años y es mi mejor amigo, el tío Ramón. Nunca le he llamado papá”.
En El cuaderno de Maya, el padre también está ausente, siempre viajando, y la abuela Nini tiene que hacer frente a uno de los riesgos que acechan a la gente joven, la droga. “Este mundo es tan distinto al de hace unos pocos años… Ahora están constantemente comunicándose, con un celular, no quieren silencio ni estar solos, están expuestos a todo. Y las drogas, la pornografía… están por todos lados y los adultos no podemos controlarlo. Es fácil que sufran una caída”.
Desgraciadamente, Allende no habla de oídas. Los tres hijos de su marido han sido adictos. “Uno tiene 47 años y la vida perdida. Su hija Jennifer se murió con 28 años y había empezado con la droga a los 12. El menor empezó con 13, estuvo en una escuela especial, como la que aparece en este libro, y cuando salió volvió a caer. Pero luego se rehabilitó, salió y lleva una vida sana. Con las drogas, o te mueres o te rehabilitas. Él ahora tiene 34 años y una vida. Maya, el personaje, estuvo poco tiempo en eso y pudo rehabilitarse más fácilmente, pero sabe que es adicta”.
Los chicos de hoy “fuman marihuana, pero no son todos adictos”. Ella misma, afirma, ha “probado muchas cosas: marihuana, éxtasis, LSD, ayahuasca… nunca me he pinchado heroína ni he probado la coca. No me gusta la sensación de pérdida de control. Hoy hay mucho más peligro porque la droga está penalizada. Hay carteles criminales que cortan la droga con fertilizantes y otras sustancias. A Jennifer la mató la droga adulterada. Eso se acabaría si se tratara como un problema de salud, no como un problema militar o policial”.
La abuela Nini es una mujer dispuesta a morir por su nieta y que, como Allende, “ama los libros y tiene una cosa un poco hippie y una práctica espiritual ecléctica. Y, como yo, tiene una casa abierta a todos. Y yo, como ella, me reconozco en la forma en que quiere al Popo y en cómo se mete en su hotel, decidida… Así hice yo con el pobre Willy”.
(Fuente: Què leer)
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